No me gusta la palabra «superviviente».

 

Alejandro Ruiz-Huerta

 

–No me gusta la palabra “superviviente”.

–¿Por qué no?

–Porque contiene “súper”, y yo no soy súper de nada.

–¿Y qué te consideras?

–En todo caso, sobreviviente.

–Pero te habrán presentado como superviviente en muchas ocasiones.

–Sí, y yo siempre procuro matizarlo.

 

Estamos en una terraza de Chamberí. Alejandro ha vuelto a Madrid y me ha citado en esta zona. Es la tercera vez que nos vemos, y solo una pequeña fracción de la charla se refiere a Atocha. Me habla de su madre, comentamos la actualidad política y me invita a visitarle en Córdoba.

La camarera trae su cerveza y mi té con una sonrisa luminosa.

–Gracias.

Le devuelvo la sonrisa. Alejandro da un trago y me mira con complicidad.

–Veo que tenemos un gusto parecido.

–¿Tanto se me ha notado?

Reímos. Hay un momento de silencio.

–Tengo curiosidad por una cosa, Alejandro.

–Dime.

–¿Cómo te afectó con las mujeres el ser su… sobreviviente?

–¿A qué te refieres?

–Me imagino que tenías que tener un halo heroico. Seguro que eso te hacía ganar sex appeal.

–Bueno, lo heroico era lo que estábamos haciendo hasta entonces.

–Desde luego, pero…

–Y tampoco me iba mal antes de…

–No lo dudo. Pero…

Hay otro silencio.

–Pero sí, notaba que se acercaban más.

 

Lejos de preocuparme por salirnos del tema principal, me siento afortunado. No sé cuánto de todo esto acabará en la obra, pero estoy cumpliendo el sueño de todo escritor. Tengo una buena historia entre manos y a uno de los protagonistas contándomela con calma y honestidad. Siento que tengo una responsabilidad, pero al mismo tiempo Alejandro me transmite confianza. Nos estamos haciendo amigos.

 

 

Portada apaisada

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